¡Estas Cancelado!

La llamada “cultura de la cancelación” o “Funas públicas” como también se le conoce, ha sido una tendencia en las redes sociales desde hace unos años, fomentada a través de la ideología progresista que sanciona ciertos temas que se consideran políticamente incorrectos.


Este movimiento comenzó hace algún tiempo como una estrategia para llamar la atención hacia ciertos temas sociales o medioambientales, forzando así a las empresas e instituciones, a emitir declaraciones públicas o tomar acciones concretas para resolver los problemas. Con el tiempo esta tendencia se fue ampliando ya no solo a corporaciones o marcas específicas, sino también a personas naturales, públicas o privadas, que hayan tenido conductas o declaraciones inadecuadas a la vista de ciertos grupos.


Cuando un usuario de redes sociales como Twitter, Instagram o Facebook, es testigo de un acto que atenta contra lo que se considera “políticamente correcto”, lo comparte en alguna de sus cuentas, incluyendo alguna evidencia fotográfica o audiovisual que involucra al denunciado, agregando las etiquetas o “#hashtag” correspondientes, para asegurar que el contenido se masifique y se difunda a través de internet, o mejor dicho, que se vuelva “viral” como también se le conoce popularmente en lenguaje de los internautas, haciendo alusión claro a la manera como un virus se disemina a través del cuerpo.


De esta forma en cuestión de horas, el post ya se habrá compartido miles de veces a través de las redes y si genera suficiente movimiento a través de internet, alguno de esos hashtag se volverá una tendencia (Trending Tópic) en las estadísticas de las redes sociales y en los criterios de búsqueda que realizan los usuarios. Cuando se produce esta masiva ola de menciones hacia una marca, institución o persona, el o los denunciados se ven atrapados en la vorágine cibernética y solo les queda realizar una “contra demanda”, presentando pruebas que les permitan limpiar su imagen o asumir las consecuencias del juicio público.


Así podemos ver como la cancelación va más allá del típico “trolleo de internet” (trollear: acción realizada para hacer sentir mal o enojar a alguien, utilizando comentarios satíricos muchas veces fuera de lugar). Es más bien un ataque no coordinado, sin una organización previa o planificación evidente, que atenta contra la reputación de la persona o empresa cancelada.


Según escribió un columnista del diario The New York Times, "Usted puede ser cancelado por algo que diga en medio de una multitud de completos extraños si alguno de ellos lo graba en video, o por un chiste que suene mal en las redes sociales, o por algo que usted dijera o hiciera hace mucho tiempo y de lo que quede algún registro en Internet”


Entonces lo que empezó como una forma de “hacer justicia” por parte de la gente que muchas veces se sentía impotente ante la oligarquía, encontraó en los medios digitales, un arma con la que hacer frente al conglomerado del poder político y económico. Por desgracia, aquello se salió de control y ahora el objeto de una cancelación ya no son las “malvadas” corporaciones, sino que puede ser cualquiera… un familiar, un ex amante, un vecino o un ente anónimo en el lugar y momento equivocados.


Las “funas” públicas ya son pan de cada día en un mundo donde no se puede contradecir a nadie ni tampoco se permite pensar diferente, o se corre el riesgo de ser la próxima víctima de alguna cruzada cibernética. La nueva “inquisición” digital fomenta la ideología de que todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario, las hoces y las antorchas fueron reemplazadas por los retweets y los likes en una aplicacíón, donde la gente se obsesiona día a día por encontrar un culpable.


Ciertos temas como el racismo, el machismo, la homofobia o el clasismo son duramente criticados en las redes y ni siquiera tienen espacio para el debate o el libre intercambio de ideas, simplemente son considerados tabú, y ciertamente que deben serlo ya que la discriminación no puede ser tolerada en ninguna de sus formas. ¿Pero quien dictamina los limites en estos casos?


No existe un organismo regulador que dictamine la validez de una cancelación, ni tampoco una pauta o código de conducta que determine lo que esta bien o mal. Los usuarios de las redes son los que actúan de juez, jurado y verdugo en este proceso público, y en la mayoría de los casos la sentencia implica denunciar o reportar al denunciado, generando un veto que le impida poder opinar o limitando su capacidad para expresar ideas consideradas como “tóxicas” por la mayoría, lo que en algunos casos está plenamente justificado.

Hay situaciones en que ciertos personajes (publicos o no), tienen actitudes o declaraciones que fomentan el odio o dañan directamente a otras personas, y en ese caso la critica social es bien merecida, ya que muchas de estas personas se dedican a atacar a otros, escudandose en sus creencias religiosas, políticas o simplemente por creerse dueños de la verdad. Tambien se considera socialmente válido funar a un criminal cuya culpabilidad esté comprobada, y que de una u otra forma representa un peligro para la sociedad pero las leyes resultan insuficiente para ejercer un castido adecuado, en tal caso es la comunidad de internet la que asume el deber de ajusticiar a las víctimas.


¿Pero que sucede cuando se acusa falsamente a un inocente?. Hoy en día basta con hacer una acusación para que la mayoría dictamine la sentencia, sin tomarse la molestia de confirmar la veracidad de la información. Es algo en lo que la mayoría nos hemos equivocado (me incluyo por supuesto), y se han dado casos que involucran a famosos y miembros de la farándula que sufren el acoso de los medios y el público, hasta que se demuestra su inocencia, pero entonces ¿qué?... nadie se toma la molestia de emitir una disculpa pública o retractarse del daño causado.


En los medios de prensa por supuesto es una obligación, ya que por motivos legales, cuando un medio escrito o audiovisual entrega una información falsa, tiene el deber de emitir una disculpa para evitar represalias de los afectados, pero no sucede así en el caso de una cancelación, ya que los millones de usuarios de las redes, amparados muchas veces en el anonimato del cyberespacio tienen el lujo y la libertad de hace acusaciones sin que nadie les exija una compensación si se equivocan.


Hoy en día vivimos en una cultura en que todos creen tener el derecho de arrojar la primera piedra, y la necesidad de retribución inmediata es palpable, quizá por culpa de la misma sociedad, cuyo sistema legal resulta insuficiente para brindar seguridad a la población y por ello las personas se ven en la necesidad de hacer justicia por su propia mano. Aunque ya no se pueda "colgar" físicamente a los cupables, sí se hace de manera digital, y tal vez se pueda empatizar con muchas de dichas cruzadas justicieras, pero hay que hacerlo con responsabilidad porque el costo si uno se equivoca, es demasiado alto.




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