ENCUENTRO EN EL AEROPUERTO

May 18, 2020

 

 

Como siempre, las explicaciones son absurdamente ambiguas y el rostro de quienes las dan, es tan poco expresivo como el de un monolito. El hecho es que todos los vuelos están postergados hasta las ocho de la noche, o sea que faltan algo más de ocho horas y media. Pero, ¿por qué?, pregunta él al funcionario de rostro de piedra y sólo repite la pregunta que todos los que le antecedieron hicieron, y que seguramente repetirán los que están detrás de él. La pregunta de él es sin embargo más intensa, más cargada de un esbozo de ira. “Problemas técnicos” es la respuesta escueta, inexpresiva y ampliamente reveladora, tranquilizadora y meridianamente aclaratoria de dudas, del empleado con rostro de pitonisa fuera de éxtasis. Él se retira del mostrador mascullando “hijos de puta” y pensando qué tipo de entrenamiento los vuelve tan eficientes en el arte de no decir nada. El hecho es que su conexión para volver a casa queda postergada para dentro de más de ocho horas, el hecho es que también, el aeropuerto es un hervidero de gente, el hecho es que, como siempre, todos los asientos del enorme salón de ingreso están ocupados por tipos que duermen en posiciones absurdas o tratan de hacerlo, el hecho es, asimismo, que se dirige a uno de los restaurantes y lo hace de prisa intuyendo, sabiendo, que será difícil conseguir una mesa. Camina rápido, cargando su bolso de mano, pues a pesar de que sabe que tendrá todo el tiempo del mundo, sabe también que en su velocidad y en su suerte, estarán cifradas las posibilidades de conseguir un lugar donde sentarse, comer algo y tal vez escaparle a las horas leyendo la novela que trajo y que, en el vuelo previo hasta allí, no le despertó casi ningún interés. Tiene 62 años y, aunque ha ganado holgadamente la categoría de perteneciente a la tercera edad (eufemismo aplicable a los viejos), mantiene todavía parte  del buen porte de sus años mozos, parte del encanto que le brindó muchas mujeres y también muchos fracasos.

 

El restaurante está lleno y eso le produce frustración, pero cuando está por girar y dirigirse en busca de otro local de comidas, ve que, mágicamente, la pareja que ocupaba una mesa cercana se levanta. Corre hacia allí y se posiciona en una silla, se apropia de ella y de la mesa, decidido a protegerlas como si se tratara de un bien preciado, lo hace con codicia y hasta disfruta pensando que los idiotas que se levantaron tendrán que sufrir un peregrinaje eterno e infructuoso en ese aeropuerto que parece un hormiguero. Entonces se sosiega, se arrepiente de su pequeña perversidad y sabe que la espera del mozo que lo atienda, podrá inscribirse en los anales de la eternidad o algo por el estilo. Pero, al menos ya está sentado, el esperar ahora será más fácil y, en algún momento aparecerá surgiendo de la bruma, el mozo como un arcángel y le brindará los bienes producto de la tierra y del trabajo del hombre, las comidas y las bebidas que ya empiezan a adquirir cualidades de maná, que no caerá del cielo, sino que le será aportado por las manos de ese trabajador. Observa, ahora con calma, el local repleto y, en la mesa al lado de la suya, ve a una señora mayor, todavía atractiva y elegantemente vestida, que lo está mirando, que le sonríe y que esboza una pregunta que, sin embargo, le llega nítida en medio del bullicio.

 

¿Adrián?le dice con algo de timidez, mientras un esbozo de rubor cubre su rostro que  conserva las huellas de una belleza no del todo ida.

 

Un fulgor se ilumina en la mente de Adrián y ese se va sumando a otros resplandores. Luces, imágenes y tiempo corren vertiginosamente por su cerebro, lo desconciertan y finalmente se instalan en una época de su vida y en la imagen resurgida de una mujer a la que amó. Vuelve al presente, a ese restaurante multitudinario, a la vieja dama que delinea apenas una sonrisa en esos labios conocidos y lejanos.

 

Sí, Adrián ─responde y agrega─: ¿Luciana?

 

Ella baja la cabeza un par de veces asintiendo, y entonces su sonrisa explota en un manantial de sol. Se ponen de pie, se miran durante un instante y él reconoce los ojos enormes que solían seducirlo; ella se fija en la boca de él y, aunque los labios se le han afinado, le recuerdan a esa boca que ella codició y en la que colaba su propia boca. Entonces se abrazan con pudor, se besan en las mejillas, mientras Adrián ve como si fuera en un relámpago, el cuerpo de esa mujer, desnudo y joven, de 19 años, suspirando en el lejano abrazo; Luciana, en el leve roce del cuerpo del hombre, siente, como 40 o algo más de años antes, y le molesta el sentirlo, el peso de ese organismo sobre el suyo propio. Él la invita a sentarse a su mesa y ambos, casi al mismo tiempo, dicen “qué alegría encontrarte” y se ríen y avergüenzan de las palabras y los tiempos iguales. Él, entonces, aunque lo sabe, le pregunta:

 

¿Cuánto hace que no nos vemos?

 

Ella finge hacer cálculos mientras levanta la cabeza hacia el techo del local, y responde:

 

­─ Más o menos cuarenta años.

─ Sí, es una montaña de tiempo. Parece mentira.Tu avión también está demorado, supongo. ¿De dónde vienes y a dónde vas?

─ Vengo de Los Ángeles y voy hacia Londres. Desde hace dos años vivo allí, es que trabajo en una empresa internacional de auditores financieros. ¿Y tú?

─ De Santo Domingo, tengo una hija allí, y voy a Santa Cruz, en Bolivia, donde vivo. Trabajo en una editorial, donde soy una especie de corrector de textos, pero a eso se le dice “editor”. Por lo que veo, tú resultaste una exitosa economista.

­─ Sí, me ha ido bien. Pero tú, ¿y la arquitectura? ─pregunta ella, manifestando sorpresa. Luego se corrige y pone la mano en su boca, como para hacer silencio─. Perdón, no sé si metí la pata.

­─ Para nada ─responde él con una sonrisa─, es que no terminé la carrera. Pero no me arrepiento, así, aunque con seguridad gano menos, me siento libre.

─ Tú y tus sueños de libertad, ¡cómo olvidarlo! Está bien.

 

 

En el transcurso de esas palabras, ambos han hecho un examen minucioso del otro y, además, han contrastado este presente un tanto decadente, con sus registros del pasado que van erupcionando como si sus miradas pudieran estar en dos lugares y dos tiempos a la vez. Ella le mira las manos y piensa que esas manos acariciaron y estremecieron su cuerpo; él observa la boca de ella y visualiza tantos momentos de fuego y de delirio que esos labios y esa lengua le brindaron. Igualmente, los pensamientos de los dos empiezan fugazmente a reconstruir la historia. Se habían conocido en Buenos Aires, cuando uno y otro, estudiantes extranjeros, estaban en primer año de la universidad y vivían en la misma casa de estudiantes. Después, claro, aunque siguieron en pareja, cada uno había ido cambiando de vivienda como suelen hacer los estudiantes. Él la había visto pasar frente a su cuarto el día que ella llegó y cruzó su puerta, y le bastó ese instante para ver ese cuerpo maravilloso enfundado en unos pantalones muy estrechos. Ella sólo lo vio de soslayo y no le llamó la atención, pero ya, desde el segundo día, cada vez que pasaba frente a la puerta de él, sentía una mirada intensa que le acariciaba toda su humanidad y que le producía una secreta satisfacción. Entonces decidió verlo y lo que vio le gustó. Lo demás ya fue conocerse en uno de los encuentros en el patio de la vivienda y, al cabo de unos días, ir a bailar y entonces entregarse a los besos y las caricias y de allí terminar en un motel. Saliendo de un instante de abstracción, él vuelve al presente y le pregunta:

 

─ Y tú, ¿tienes hijos?

─ Tengo un hijo, es precisamente arquitecto. Tengo dos nietos.

─ ¿Y tu marido?

─ Él murió hace unos 20 años. Soy viuda.

 

Luciana ha bajado los ojos durante un momento, pero los vuelve a levantar y lo mira fijamente.

 

─ ¿Y tu mujer?

─ Se fue hace unos 15 años. Nos divorciamos. Luego ella se casó con otro y vive en Perú. Somos buenos amigos.

 

El mozo del restaurante, en contra de todas las previsiones de Adrián, surge de pronto como una aparición. Aunque evidentemente es un latino, Adrián piensa que los mozos de Miami tienen una cierta frialdad que le hace extrañar a los camareros bolivianos, más obsequiosos. Se sorprende con su pensamiento un tanto impertinente en esos momentos, pero se da modos, consultando con Luciana, para ordenar algo de comida y unos refrescos, pero lo hace un poco atropelladamente y hasta tartamudea. Ella se ríe de los aprietos de él, y para disimular la irrupción inapropiada de su risa, le dice: “Es que parece que tu inglés no es muy bueno, podrías haber hecho el pedido en español”. “Sí”, le responde él. Los dos se quedan un rato en silencio y empiezan a mirarse directamente a los ojos. A él le parece ver dibujándose en el brillo de los de ella, momentos de sus cuerpos amándose y el pelo largo y azabache de ella extendido como para una foto publicitaria en la almohada. Ella, en cambio, lo mira un poco divertida, tratando de desentrañar qué es lo que ven los ojos de él, y aunque lo presiente, no se entrega, se resiste, y entonces, las imágenes que él veía desaparecen. Todavía permanecen unos segundos en silencio, sin dejar de mirarse, y él se oye preguntándole, así, simplemente, porque entiende que no son necesarias más palabras:

 

─ ¿Te acuerdas?

 

Y ella se acuerda, también ve las imágenes de pasión que ve él, pero sus recuerdos son apenas fragmentos; se prende y se pierde un poco en ellas, pero también ve más, y una chispa de furor atraviesa su mirada y le replica:

 

─ Sí, recuerdo que me hiciste mucho daño, que tuve que hacer un duro aprendizaje para poder olvidarte, para no destruirme. ─Entonces se controla, se suaviza, y agrega hasta con un poco de ternura─ Pero es absurdo que después de cuarenta años, te reproche. Todo eso está borrado, olvidado, muerto, no existe más. Tú estás aquí, frente a mí, pero eres otro; aquel, el de entonces, hace tiempo que ha dejado de existir.

 

Mientras Luciana está diciendo sus palabras, Adrián también se acuerda y ve la puerta que se abre, ve la cara de ella que se descompone desde su belleza maravillosa hasta la horrible expresión del más profundo dolor y sabe, con la rotunda claridad de un trueno en la noche, que ella lo está viendo con otra mujer en la cama. Y Luciana que se va, que se escapa, y él que se pone apresuradamente la ropa, que corre detrás de ella, que la llama, que le implora mientras dice su nombre. Pero ella va impulsada por la fuerza del dolor y es más veloz que él, y se le pierde al cruzar una calle. Se ve, igualmente, encontrándola horas después, en la casa de ella, donde aprende por primera vez, cuáles son las formas del padecimiento, cómo este transforma la morfología y deshace la hermosura de un rostro, y que esta no se recompone ante las vanas solicitudes de perdón. En esos momentos, sabe asimismo, que ese delicioso amor ha muerto, que él lo ha matado, que una aventura aparentemente intrascendente, puede destruir la larga construcción del amor. Y cuando regresa a su vivienda con la muerte en el alma, la otra ya no está y él se mira en el espejo y no se reconoce; el dolor también ha hecho su obra en él. Comprende que es un canalla, que a partir de entonces deberá empezar su tarea de purgación y de olvido, que deberá pagar.

Adrián permanece en silencio, con la cabeza gacha, sintiéndose en el más absoluto desamparo. Luego, apenas musita:

 

─ Te pedí perdón. Tú no lo sabes, pero he estado pidiéndote perdón toda la vida. He tenido otras mujeres, más o menos trascendentes, pero siempre, en un espacio de mi alma, has estado tú, y yo, con mi arrepentimiento inagotable, pidiéndote perdón.

─ No necesito que me expliques nada. Eso ya está olvidado y creo no guardarte ningún rencor. Me asombré de lo que yo misma dije hace un instante, creí que eso no volvería nunca a surgir en mí, pero tu presencia, después de más de cuarenta años, sacó algunas cosas del olvido en que estaban desterradas. Debo confesar, sin embargo, que no fue sólo el odio lo que surgió, también aparecieron, efímeras, imágenes de nuestros cuerpos entregados al amor.

 

Él se queda en silencio, mirando la mesa, y entonces levanta la cabeza y le dice:

 

─ ¿Crees que vale la pena recordar?

─ Por qué no. Ya no puede herirme, y tal vez hasta sea bueno el volver a confrontarme con esos recuerdos. Pero por ahora, sólo recordemos lo bueno, lo deleitable.

─ ¿Te acuerdas, Luciana, de la primera vez que te dije que te quería?

─ Sí, fue en una discoteca, habíamos bailado y primero rozaste mi cara, luego me besaste en la boca, muchas veces; entre algunas de ellas me dijiste que me querías. Yo también te lo dije. Es que sentí que eras un buen tipo y, además, eras lindo.

─ ¿Y la primera vez que te confesé que te amaba? ─Él la mira intensamente, pero ella baja la mirada y su voz suena débil cuando le contesta.

─ Creo que nunca me dijiste que me amabas, hay muchas cosas que se me han borrado, o mejor, que he querido borrar.

─ Fue en un motel. Hicimos el amor muchas, muchas veces. Eras tan bella y yo te había deseado tanto. Te hice el amor de verdad, no era sólo tu cuerpo lo que intenté poseer, era también tu alma, y yo sentí que me la dabas. Entonces te dije que te amaba, y tú también me lo dijiste.

 

Luciana inclina el rostro hacia abajo, piensa, busca en el fondo de ella misma la verificación de esa historia, pero sólo encuentra fragmentos, luminiscencias súbitas de algunas intensidades: sus brazos abrazando el cuerpo de él, los músculos de sus piernas contrayéndose, su cuerpo en un instante de intensa conmoción, espejos.

─ No recuerdo más que momentos: una habitación llena de espejos, yo abrazando a alguien sin rostro, mi cuerpo sacudido por una ola de placer. ¿Sabes? Esto me avergüenza un poco. No debería estar hablando de esto. Además, Adrián, no creo que hayamos hecho el amor muchas, muchas veces como dices. Después de ti yo tuve muy pocos hombres, dos, tal vez tres, y antes de ti sólo uno, y sé que el sexo nunca fue importante para mí.

─ Lo fue, te lo juro, mientras estuviste conmigo. Tú eras consciente del poder de tu cuerpo sobre mí. Eran tu ternura, tu buen ser, los que hacían que te ame; eran tu cuerpo y tu pasión los que me dominaban. Pero tal vez, como dices, no deberíamos hablar de esto. Discúlpame.

─ No, yo no era así, Adrián. No puedo haber sido así. Todo lo referente al sexo contigo ha desaparecido, lo he hecho desaparecer de mi memoria. Sé que lo hice, no sé “cómo” lo hice.

 

El mozo llega con el pedido. Se lo ve más agitado. Coloca los platos, sirve los refrescos, deja la factura,  dice en español, “disfruten de la comida” y parte a gran velocidad. Adrián mira a su alrededor y el restaurante está cada vez más atestado, también hay una multitud de pie, junto a la puerta de ingreso. El rumor opaco de decenas de conversaciones se hamaca en el aire. Luciana, frente a él, está intentado comer o, tal vez, piensa Adrián con algo de compasión, está intentando escapar, no de él, sino de sí misma. Ambos comen. Intercambian pocas palabras de pura fórmula, vacías de sentido. “¿Está sabroso lo que pediste?”. “Sí, gracias. ¿Y lo tuyo?” “Bien”. “Es buena la carne”. Él siente que ambos se alejan a una velocidad vertiginosa, que sin quererlo ha equivocado el camino, que aunque él sepa su verdad, la verdad, ella ha construido su propia verdad y que él se la estaba destruyendo. Ella piensa si habrá sido como él dice y, aunque todavía pretende negarlo, no deja de experimentar cierto placer ante la posibilidad de haber sido así, más libre, más viva. Y el recuerdo de esa noche en el motel empieza a hacerse luz en su conciencia. Su amor por él, claro que sí, pero también su cuerpo libre, gozando de las arremetidas del cuerpo de Adrián, su cuerpo entregándose a explosivos y repetidos orgasmos. Adrián le hizo mucho daño, es cierto, pero con él fue libre. Eso piensa, Luciana.

 

─ ¿Te animas al riesgo de un café que puede tardar una hora en llegar? ─le pregunta Adrián.

─ No, así está bien. Tal vez, más tarde. ─Se detiene, cobra fuerzas y entonces añade─ Ahora cuéntame más de cuando hacíamos el amor. ─Y al decirlo, a pesar de que siente el rubor inundar su cara, sus ojos brillan como el lucero del alba. Al verlos, Adrián piensa, “Venus brilla así al amanecer, Venus, Afrodita… la diosa del amor”.

 

Adrián le cuenta entonces, de un día que fueron de picnic al campo, con otras dos parejas amigas. Le hace saber que luego de almorzar, ella lo tomó de la mano y le dijo “vamos a caminar”. Se fueron dejando a los otros cuatro ahí. A los treinta o cuarenta metros del lugar donde habían estado instalados, en una zona del bosque, ella de pronto se detuvo, y lo miró hondamente a los ojos, empujó suavemente sus labios hacia adelante en un esbozo de beso, inspiró profundamente como para indicarle que su cuerpo estaba lleno de energía, y él entendió la orden que venía desde ese ser intenso y bello, de manera que sobraron las palabras cuando ella le dijo: “Tómame, estoy ansiosa de ti”. Hicieron el amor allí, entre el trinar de los pájaros, los cantos de las chicharras, las sombras movientes de las hojas de los árboles que diseñaban filigranas en sus cuerpos y el sol que se colaba por instantes. Lo hicieron con los ojos abiertos, mirándose las caras, percibiendo cada expresión, cada cambio de luz, cada diseño que se esbozaba en sus labios. Y ella fue el cuerpo elástico y codicioso, la belleza absoluta que atrapaba y deshacía el mundo entre sus piernas, el ánfora cálida que recibió el líquido del amor. Y ella fue el sueño más perfecto, el más pródigo y hondo de los sueños de Adrián. Se amaron casi en silencio y ese silencio, fue el único esbozo de pudor que se impusieron. Cuando regresaron donde sus amigos, uno de ellos preguntó, con un dejo evidente de ironía que provocó la risa de los otros tres: “¿Y, cómo estuvo el paseo?”, a lo que Luciana replicó impávida: “Maravilloso, ustedes también deberían ir a pasear”.

Y Adrián le sigue contando de cuando se quedaron durante una semana solos en la casa en la que ella vivía con sus compañeras, que ya se habían ido de vacaciones. Y entonces Luciana sabe y empieza a recordar, que hicieron el amor durante todo el día, todos los días, en la cama de ella y en las de sus compañeras, en la mesa del comedor, en la cocina, debajo de la cama, en el minúsculo patio interno, en la noche, en el techo de cemento. Al mismo tiempo que suenan las palabras de él, ella sabe y recuerda cada arrebato, cada insensatez, cada sabor de sus bocas y cuerpos. Recuerda también, que el propósito inicial de ponerse a estudiar para los exámenes, era derrotado cada vez que se miraban, cada vez que se olían, cada vez que aun, sin la voluntad de hacerlo, un cuerpo al pasar por un pasillo rozaba el otro. Recuerda Luciana y las palabras de Adrián lo corroboran, que los dos eran como víctimas gozosas de Eros que estaba presente en todos los lugares, que derrotaba toda otra voluntad que no fuera la de poseerse una y otra vez. Y estos recuerdos la hacen reír y Adrián, después de más de cuarenta años, vuelve a oír la cristalina risa de ella. Y allí, en el restaurante del aeropuerto, Luciana empieza a iluminarse, a resplandecer desde la morfología renovada de sus 62 años y él la ve, como si sufriera una metaformosis hacia las formas y los rasgos de su juventud. En ese momento Adrián siente, con un poco de sorpresa y de vergüenza, que todavía la ama, que nunca dejó de amarla. Pero, por pudor, precaución y estupidez no se lo dice.

Y le contó mucho más, y ella revivió mucho más de todo aquello que había enterrado. Él, ya no sólo habló de apoteosis sexuales, sino de los momentos de ternura, de generosidad infinita, de complicidades inevitables, de aventuras inocentes y maravillosas. Hasta estuvo a punto de contarle qué fue, por qué fue, la caída con aquella mujer con la que Luciana lo sorprendió y ocasionó el fin de su amor, además de la larga, inagotable nostalgia de él, y de la amnesia de ella. Quiso hacerlo, quería excusarse, que ella lo entendiera, pero se abstuvo. “Cuentame solamente lo bueno”, le había dicho ella.

 

Y así pasaron las horas. Las compañías aéreas empezaron a pregonar por los altoparlantes, las próximas salidas de sus vuelos. El restaurante seguía bullendo como un nido de termitas.

 

─ Bueno, te lo agradezco, y aunque me abochorna un poco, me has hecho reír mucho, de alguna manera me has hecho revivir lo que yo había olvidado ─dice ella.

─ Por favor, no te prives de esas cosas, tan bellas, tan vitales. Creo que te harán mucho bien, aunque deban ser tu secreto, pero tu dulce, pecaminoso y excitante secreto  ─dice Adrián.

 

De pronto ella detiene su jovialidad, su mirada se endurece un poco y prosigue:

 

─ Es curioso haber reído tanto, porque no hemos hecho otra cosa que desenterrar muertos. Porque eso está muerto, es pasado, solamente pasado ─le dice Luciana que nuevamente se ha puesto seria.

─ Si tú lo crees así… nada puedo oponer.

─ Es el hoy, ahora hay otras cosas de las que preocuparse, el trabajo, la casa, los hijos, esa nueva enfermedad que apareció en China. Bueno, por suerte eso está muy lejos.

─ Dame y te doy mi número de teléfono. Así podremos comunicarnos por Whatsapp, le dice él casi derrotado, pero aferrado al último gajo de la esperanza.

 

Intercambiaron sus números, subieron a sus respectivos aviones y se fueron alejando a velocidades inauditas. Él sigue viendo con el artificio de la memoria, el momento en que ella y su sombra, se pierden en la cola para la puerta de salida y sabe que en adelante, ella sólo cabrá en su nostalgia. Ella, que en su rigidez no giró ni un momento para verlo, sabe que, tal vez, en adelante, tendrá que renovar el tiempo de llorar. Ella en su asiento del avión, piensa: “Fui torpe y estúpida al decirle que unícamente habíamos desenterrado muertos. La muerta sigo siendo yo, pobre idiota. Mejor me duermo”. Él, en su asiento piensa: “Sentí por un momento que la amaba todavía, se me ocurrió insensatamente que podríamos volver a empezar. Pero es hoy, como ella dice, y nosotros no somos más que ruinas. Es que los caminos del pasado suelen ser muy escabrosos, a veces imposibles. Mejor trato de leer esa novela que traje conmigo. Pero ambos se engañan, porque ni él lee ni ella duerme. Cada uno va pensando en el otro y en los errores nuevamente cometidos hoy.

 

Todo lo anterior ocurrió tres meses atrás. Ellos volvieron a sus casas, a sus trabajos, a sus preocupaciones muchas veces intrascendentes. Se comunicaron por Internet y cada día conversaban un rato. Intercambiaron palabras tímidas y a veces otras intensas, pero siempre con cautela. No obstante, para ambos, la conversación diaria era ansiosamente esperada. Más aun, cuando empezaron las cuarentenas por el fatídico virus, cada una de esas charlas se convirtió en un remanso de paz, aunque las palabras fueran inocuas e intrascendentes. Luciana en Londres, Adrián en Santa Cruz de la Sierra. Sin embargo, hace una semana que Luciana no contesta, aunque él insista en contactarla cada día y a diferentes horas, además de la hora habitual. Ella está en Londres, en Londres, piensa él… uno de los pocos lugares en que la estupidez y la codicia de sus conductores, desencadenó la tragedia. Un temor, que no se atreve a confesar, empieza a oscurecer el alma de Adrián, mientras el dolor de la soledad le quema el pecho.

 

Andrés Canedo

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