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@2016 Patricio Junemann

Los tiempos del cuerpo no son los tiempos de la mente

 

 

En algún momento le escuché decir a alguien: “Si la eficiencia es el óptimo de las cosas, como nos lo han querido hacer creer, la eyaculación precoz sería el óptimo de la sexualidad”. No podría estar más de acuerdo con esta frase y es a partir de ella que, tras meditarla un rato, llegué a la conclusión de que los tiempos del cuerpo no son los mismos que los tiempos de la mente.

 

Varias autoridades académicas y analistas políticos hace rato hablan de la sociedad del rendimiento. Aunque no hayamos leído o escuchado a los expertos en el tema, nosotros mismos nos hemos podido dar cuenta de su existencia  en nuestro día a día. No es novedad que nuestra sociedad ensalza hasta la ridiculez las ventajas del rendimiento, transformándolo en uno de sus grandes ideales, cuyo buque insignia es la eficiencia. Y es ese rendimiento y esa eficiencia la que nos tiene cansados, la que hace que cuando salgamos a la calle veamos malas caras y cuerpos tensos, ánimos de rabia y agobio; porque no diremos que los santiaguinos somos el pueblo más amable en la vía pública. Poco a poco esto ha calado dentro de nosotros, el rendimiento se ha transformado en una exigencia en todas las áreas de nuestras vidas, una exigencia a la que no escapa la forma en que tratamos nuestros cuerpos.

 

Nuestro cuerpo, a diferencia de lo que a muchos les gustaría, no es una serie de engranajes que maquinan funciones determinadas. Tampoco es un sistema de cómputo de datos que ejecute todo a la perfección. Veámoslo como lo que es, un organismo vivo, un organismo que está muy lejos de cumplir a cabalidad todo lo que le pedimos y en el tiempo en el que lo queremos. Pero no por esto deja de ser hermoso y magnífico, nuestro cuerpo aprende, se adapta, crece y se desarrolla de forma fantástica, solo que tiene sus propias formas de proceder. Éstas pueden ser muy distintas a las formas de proceder de nuestro pensamiento, y es entonces cuando aparecen los problemas, cuando las expectativas generadas por nuestras propias ideas no se condicen con las necesidades de nuestro cuerpo.

 

 

Los hombres hemos generado nuestras propias expectativas de rendimiento y de eficiencia, ¿no es así? Y hemos sometido a nuestros cuerpos a dichas exigencias, sin tomar conciencia de las consecuencias que pueden tener para nosotros. ¿Cree que estoy exagerando? Permítame ponerle solo algunos ejemplos que ilustraren esta situación. La población masculina con trastornos alimenticios, tales como anorexia y bulimia, han aumentado en la última década en los países desarrollados, tendencia que se repite en Chile desde hace un par de años. Caso similar es el de la vigorexia, obsesión por la obtención y formación de masa muscular, que solo ha aumentado con el pasar del tiempo en nuestro país. El consumo problemático de sustancias estimulantes -esas que nos ayudan a tener más energías, a  mantenernos despiertos y estar alertas – no solo no han disminuido en la población adulta, sino que han hecho una notoria presencia entre nuestros adolescentes. Los problemas de naturaleza sexual tampoco son ajenos a este fenómeno, muy por el contrario, los mandatos culturales a los que suele verse sometido el hombre de a pie también tienen repercusiones en la vida íntima, siendo la anhedonia (incapacidad o dificultades para sentir placer), la disfunción eréctil y la eyaculación precoz, los más frecuentes.

 

Los hombres no necesitamos ser fuertes para ser hombres, pero aun así muchos terminan en cuadros graves de vigorexia para demostrarlo. Los hombres no necesitamos ser resistentes para ser hombres, pero cada vez son más los que se vuelven adictos a sustancias estimulantes para rendir por sobre sus propias capacidades. Los hombres no necesitamos ser viriles para ser hombres, pero la sexualidad de muchos sufre frente a las presiones de tener que rendir en la cama. En todos estos casos el cuerpo se ve afectado por los ritmos que le imponemos, ritmos imaginarios, que nacen del deseo, las expectativas y las exigencias, pero que no tienen correlato alguno con la realidad de nuestro organismo. Nuestra alimentación, nuestro físico y nuestra sexualidad sucumben frente al imperio de una mente cada vez más enferma por el rendimiento y la eficiencia, dejando un cuerpo que grita por ayuda.

 

¿Qué podemos hacer? El panorama se ve un poco desolador, al menos en los términos en que se los he expuesto, pero como les mencioné antes, el cuerpo tiene sus propias capacidades y fortalezas. Una de ellas, quizás la más importante, es la capacidad de sanar. Si le damos la atención y la paciencia que el cuerpo necesita, eventualmente nos dará pistas de lo que debemos hacer. El cuerpo tiene su propia sabiduría y aprender de ella es fundamental para que podamos tener una vida más sana, ya sea en lo mental, en lo alimenticio, en lo fisiológico o en lo sexual. No debemos sentir vergüenza de escucharlo y aceptarlo como es, pues es  a partir de ello que podremos vislumbrar su potencial de desarrollo. Las ideas y las expectativas son imaginación, nuestro cuerpo es realidad.

 

 

Si no sabe cómo conocer y prestar atención a su propio cuerpo, si no sabe por dónde empezar, ir a terapia siempre es un excelente primer paso. En ella podrá darse el tiempo de escucharse, puede darse el tiempo de comprenderse, darse el tiempo para que el cuerpo aprenda, al fin de cuentas, darse el tiempo para tener un tiempo. De esta manera “la eyaculación precoz ya no será el óptimo de nosotros mismos”. 

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