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@2016 Patricio Junemann

SER PAPÁ

 

 

Antes de casarme nunca había sentido ni manifestado especialmente el deseo de ser papá. No era algo que rechazara, pero tampoco me focalizaba en eso, lo veía lejano y no era tema. De hecho me parecía poco atractivo juntarme con parejas de amigos o parientes recién casados, cuyo tema central fueran los pañales, la guagua o la última gracia documentada en video.

 

De vez en cuando me las pasaban para que las sostuviera en brazos, pensando que era algo que yo deseaba, pero la verdad es que me sentía incómodo, ni siquiera sabía bien cómo sostenerlas, no sentía ese apego natural de hembra. Lo peor era cuando me las pasaban al teléfono, esperando expresiones de ternura de mi parte. Simplemente no me nacía. Eso era algo que me daba lata conmigo mismo, me sentía frío y responsable de no poder expresar mi lado más cariñoso con las guaguas, como sí lo hacía fluidamente con los niños más grandes y los animales, que siempre me han gustado mucho.

 

Bueno, eso cambió radicalmente en 2005, cuando nació mi hija Merceditas (hoy de 14 años). Recuerdo desde el momento mismo en que supe que iba a ser papá, a partir de ahí mi vida dio un vuelco completo. Todo aquello que yo antes consideraba importante y prioritario, pasó a segundo plano de manera instantánea, para focalizar mi amor y energía en este poroto minúsculo que venía en camino para iluminarlo y transformarlo todo.

 

Mi familia política de entonces vino desde Argentina a instalarse un mes en Santiago para acompañar a la mamá en el parto. Era la primera nieta, así que había que celebrarlo con tutti, como buenos italianos. Mi primer día con ella en la Clínica Santa María permanece en la memoria de cada célula de mi cuerpo como el momento más glorioso ever. Ver a mi chiquitita por primera vez en los brazos de su mamá tomando pecho, o durmiendo como una ranita tibia y colorada sobre mi torso son cosas que me marcaron a fuego.

 

Dos años después vino el segundo embarazo, que al igual que el primero no fue planeado, pero sí muy bienvenido. Esta vez se nos vino el Cami (hoy de 11 años), que no hizo más que sumar amor a la familia y reforzar mi nueva identidad como Papá chocho. Fue muy afortunado armar “la parejita” a la primera, pero la verdad es que nunca tuve prioridad por ningún sexo, me daba lo mismo.

 

Antes de nacer yo tenía cierta inquietud con esto de tener que “dividir” mi cariño entre dos pitufos. Ingenuamente sentía un asomo de “deslealtad” hacia el amor primario que había sellado antes con la Mechis, pero apenas vi al ratón chico, supe que eso no sucedería, sino que mi corazón se expandiría para dar calor y cobijo a los dos por igual. Es muy sabia la naturaleza cómo nos despierta el instinto de amor y protección para custodiar su seguridad.

En ambos partos yo sentí que el epicentro de mi ser se había desplazado hacia fuera de mí. Aparecía en escena algo que era más grande que yo, algo por lo cual daría mi vida sin dudarlo un segundo.

 

De ahí en adelante todo aquello que tenga que ver con la presencia de ellos en mi vida personal – cada uno con su forma de ser - sólo ha traído belleza, risa y color. Ya no es posible visualizarme sin ellos, pues son una extensión natural de mi alma que durará para siempre.

 

Sólo tengo palabras de agradecimiento al Universo por haberme bendecido con un regalo tan maravilloso y significativo. Eso es ser Papá.

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