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@2016 Patricio Junemann

 

Muchas cosas oscuras se ocultan bajo la palabra “tradición”. Era tradición que las personas de muchos recursos tuviesen “en su poder” la vida de esclavos; era tradición también que los patrones de fundo eligieran a las mujeres que querían llevar a su cama no importando si esta era menor de edad; era tradición también que la iglesia cobrara por la Indulgencia a sus fieles, si, ponían precio al llamado “perdón de dios”.

 

Y de forma más reciente, era tradición que en las Fuerzas Armadas se expulsara a los homosexuales; que a los niños se les educara “a punta de correazos”; que los padres “negociaran” los matrimonios de sus hijos.

 

Afortunadamente esas tradiciones ya no existen, al menos en nuestro país, época o sociedad. Y tal como estas tradiciones fueron mutiladas, hay otras que debemos  “destradicionalizar”.

 

Es Septiembre, mes en que nos aflora una efervescencia patria que ojalá tuviéramos en otras épocas del año, tiempo de volantines, de cueca y lamentablemente de rodeos. Y digo lamentablemente porque esta es una tradición que debemos extirpar, porque cuando el mundo avanza hacia la legitimación de los animales como seres sensibles, no es posible que un estado que se vanagloria de modernista siga amparando el maltrato de animales, más aún tildandolo de “deporte nacional”.

 

Eso no es un deporte. Deporte sería si en lugar de mantas de cientos de miles de pesos y botas de taco, usaran zapatillas y salieran a correr o subir cerros. Deporte sería si el esfuerzo fuera el propio y no el de un animal que con miedo enfrenta ataques que siente como ataques de muerte. Deporte sería si el protagonista fuera la persona que lo practica y no la fuerza bruta de un animal que –a fuerza- golpea a otro animal.

 

La tradición a veces es macabra, odiosa y aberrante. La tradición del rodeo lo es. Y si ese es el deporte nacional, renunciamos a esa parte de “patria”, y seremos chilenos en todo menos en el “deporte nacional”. Y es que el rodeo no es deporte señores, es maltrato, es sufrimiento, es dolor. Porque un ovino que sufre golpes entre caballo y palos no puede, no debe y no merece ser llamado deporte.

 

Renuncio a esa parte de Chile, porque me avergüenza. Y usted que lo ve o lo practica como deporte, reciba mi más cordial invitación a ponerse zapatillas y a correr tras una pelota, o –mejor aún- tras nada, haga deporte, cultívese, evolucione, y no grite con una fiereza ajena sobre un animal que no quiere ser la raqueta, pelota, palo, o lo que sea que usted “use”, si, “use” como deporte.

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