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@2016 Patricio Junemann

Nuestro síndrome de Estocolmo por Game of Thrones

September 15, 2017

 

Con siete temporadas terminadas, Juego de Tronos (Game of Thrones) es una serie que sin importar si eres grande o pequeño, seguro te tiene enganchado, ilusionado pero sobre todo, estresado. A menos de un mes del final de temporada y a pesar de sufrir al pensar ¿Qué haré el resto del año hasta que se estrene la próxima temporada?, no podemos evitar sentir nada más que puro estrés. Porque, al igual que en una relación tortuosa de idas y venidas esta serie nos tiene así, agarrados de las partes más blandas.

 

 

 

Y si bien es posible que mi tendencia al masoquismo sentimental sea la razón por la que estoy tan atado a esta serie, si puedo decir que la sensación al ver el capítulo final, fue la de un pobre mundano sufriendo síndrome de Estocolmo, secuestrada por las crueles garras de esta serie que me hace sufrir de la forma más cruel pero luego me hace sentir una satisfacción que jamás creí posible lograr a través de la televisión.

 

El capítulo me tuvo sin respiración, atrapado en una caja negra por casi ochenta minutos, deseando un desdoblamiento inmediato de mi consciencia hacia un lugar donde no tuviera que lidiar con tanta angustia y sufrimiento (algo más al estilo de “My Little Pony: Friendship is Magic”), pero Juego de tronos nos brindó una migaja de alivio, un momento de descanso tan fugaz que si lo pienso bien no compensó todo el vía crucis vivido hasta el minuto, sin embargo era el momento que todos los fans esperábamos con ansias y lo recibimos con los brazos abiertos, pareciendo que todo lo que había pasado valió la pena y provocando una alegría que nos hacía hasta cuestionarnos qué tipo de ser humano somos, al alegrarnos de sobremanera por la muerte de un personaje. O sea, Síndrome de Estocolmo televisivo.

 

El episodio más largo hasta el momento cerró la séptima temporada, aprovechando cada segundo en pantalla con el momento perfecto. Fue emocionante, emotivo, tenso y muy entretenido. En mi reseña anterior mencioné cómo los escritores de Game of Thrones tienen la habilidad de hacer que las conversaciones tengan el mismo nivel de acción que muchas batallas. Y fue justamente eso lo que hizo de "The Dragon and the Wolf" un gran episodio. Cada encuentro estuvo lleno de tensión y fue relevante. Con el contraste del capítulo pasado, recordé qué fue lo que amé de esta serie, desde el inicio: la mezcla entre política, magia y problemas familiares.

 

La secuencia en el Dragon Pitt. Ésta estuvo llena de personajes favoritos y por eso, emocionó con facilidad a los fans. Desde Tyrion viendo a Podrick, hasta Brienne descubriendo que The Hound estaba vivo, cada palabra fue elegida cuidadosamente para elevar la tensión y retratar el arco de cada uno de los presentes. Todos han cambiado y por eso fue tan interesante verlos en una reunión.

 

Pero debo decir que mi momento favorito fue cuando la nieve cae en King's Landing, mostrando que nadie es vulnerable ante la tormenta que se avecina. Se ve que gastaron un montón en realizar estas tomas. Esto le dio un toque nostálgico al episodio.

 

Y nos guste o no la idea, la próxima temporada (que creo debería ser la final, por muy largo que sea el invierno) promete ser tan devastadora, estresante y gatilladora de úlcera gástrica como las que han llegado hasta ahora. Lo que es yo, por mi parte ya me entregué, Juego de Tronos hazme lo que quieras, dame vuelta y vuelta, hazme sufrir por meses para que cuando me des una pizca de felicidad yo sienta que veo las estrellas, yo a ti sí te lo aguanto (al menos hasta que conozca al próximo).

 

 

 

 

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