EL TAXISTA DE LA CALLE 5TA.

 

 

 

Vivo en Cali, la Cali que albergó los WORLD GAMES 2013, la misma Cali que añora los Juegos Panamericanos del 71 con el civismo que ello trajo, la de los problemas de narcotráfico, la segunda ciudad con mayor población afro en América, la autodenominada capital mundial de la salsa, donde los pies se mueven tan rápido que te preguntarás si es real. En esa Cali es en la que he crecido, me he formado, de la que he sido un habitante flotante y un habitante mismo.

 

Pero toda esa información seguramente la podrás encontrar en internet, de la escena gay es muy poco lo que puedas encontrar pero más de lo que yo  te pueda hablar. Sin embargo, te podría contar mil y un historias de mi vida. Sólo tendrías que estar dispuesto a escuchar para vivir esta hermosa ciudad. Y es que puedo contarte una historia  o llevarte a vivir una.

 

Te tendría que contar desde el principio, cuando empecé a entender que también me gustaban los chicos, después de tener internet en casa, mi primera ventana al mundo, y por primera vez leía preguntas como activo o pasivo. Mi segunda ventana al mundo fue la Universidad, ahí las preguntas fueron más complejas y el sacudón mental fue apoteósico. Al punto que me replanteé los conceptos de femenino, masculino e ingresaron muchos nuevos.

 

De la universidad empecé a ir un poco más allá, visitaba los centros comerciales más cercanos o simplemente visitaba amigos. Cosas que no había hecho antes. Podrán imaginar que significa entrar a un baño público donde se hace cruising, sin saber si quiera que era eso. No sólo el impacto de lo que logré ver sino, las hormonas que te juegan una mala pasada haciéndote temblar desde las rodillas hasta la punta del pelo.

 

Lo admito, me declaro culpable de ser inocente. Inocente como sinónimo de ignorante y es que no conocía nada del mundo gay. Pero momento, que esta ciudad poco a poco me iría presentando toda una gama de posibilidades. Empecé a amar la ciudad y todo lo relacionado con ella a caminar sus calles aunque fueran unas pocas y las más seguras. Ir desde la Universidad hasta la Biblioteca a unas cinco cuadras por ejemplo se había convertido en toda una aventura. Porque había empezado a descubrir todo el derroche de sensualidad que puede brotar de un joven que quiere devorarse el mundo, que lograr detener con una mirada,  con su caminar firme  y seguro pero al fin y al cabo un niño aun, un adolescente, un joven, alguien que aún no era adulto.

 

En una de tantas ocasiones después de salir de la biblioteca, decidí que hoy me aventuraría un poco más, y caminaría hasta el terminal de transportes.

 

 

Para recorrer la Calle Quinta, la que el grupo niche inmortalizaría en la canción Cali Ají. Además me había gastado el dinero del transporte llamando Juan, el chico de Bogotá. Sería una buena oportunidad para pasar por la Loma de la Cruz, La calle de la Escopeta, la Avenida de las Américas, hasta mi destino. Sólo con las intenciones de practicar mi nuevo truco, una mirada que lograra captar la atención  de más de un chico. Llevaba ya unas calles cuando decidí observar a un taxista estacionado, justo en la loma de la cruz, frente a lo que debe ser un hotel de media, con azulejos de colores y figuraras en alto relieve. Para ese momento ya había captado la atención y el taxista me bocinazo. Cada bocina era como un bombeo de sangre extra en mi cuerpo los nervios me acojonaron, seguí caminando como que no era conmigo, pero mi mente a mil se preguntaba si devolverse. Observé a los policías más adelante, lo que me generó seguridad. Decidí acudir al llamado.

 

-Joven a dónde lo llevo

-Pues no sé, voy hasta el terminal, pero voy a pie.

-Camine lo llevo

-Es que no tengo plata

-Eso es lo de menos, camine que está cerca.

-Y cómo le pago

-ahí miramos.

 

 

En mi mente no sabía qué hacer, me argumente en la sed y el cansancio que sentía y me arriesgué, subí al taxi rogando que no fuera un psicópata. Pero cuán inconsciente puede llegar uno a ser. Una vez arriba se subieron los vidrios polarizados, hicimos el retorno y nos encontramos con el taco que se solía hacer en ese punto a esa hora punta. Lo que debía ser un viaje de cinco minutos al parecer iba a ser de unos 45 minutos.

 

Las preguntas usuales iban y venían, me invitó a dejar mi maletín y mi cartelera en el asiento de atrás. Supongo que quería ver mejor el jeans ceñido que llevaba. Y es que no lo culpo, pues mis dos horas diarias en el gym me habían esculpido un gran cuerpo y las piernas eran a talvez lo que más resaltaba. Claro nada del otro mundo cuando vives en una ciudad llena de cuerpos esculturales, en las mujeres caderas cadenciosas y en ambos bandos unos derrieres de ensueño. Noté entonces que la ventana de atrás no había subido totalmente, me sentía un poco más seguro. Logré llevar la conversación a algo más personal. Ya que me había contado una historia que me daba a entender que yo había empezado tarde a conocer el mundo. Por suerte entro una llamada de Andrés, el chico de Armenia con el logré quemar 30 de los 45 minutos. Al finalizar su llamada por fin salimos del trancón, a lo que continuó la conversación.

 

Entonces la invitación vino, y si antes pasamos por mi casa, yo ahora lo llevo hasta la suya. Pensé en que momento me monté aquí.

 

-No señor, ya no puedo, pasamos mucho tiempo en el taco y debo llegar rápido a mi casa.

-Vamos, que la va a pasar rico.

-Si quiere deme su número yo lo llamo cuando vuelva.

-Bueno, pero apunte rápido que ya estamos llegando, seguro me llama.

 

Una vez tenía el número, me baje y tuve la sensación que algo se me había quedado. Mi celular no lo encontraba, cómo lo podía haber olvidado, tendría que ver a ese señor aun cuando nunca fueron mis intenciones. Así, que decidido a recuperar mi celular y aprovechando que no iba tan lejos le timbré, en el segundo repique algo maravilloso sucedió, mi celular estaba en uno de los bolsillos del maletín. Lo que creo que perdí en ese instante fue el número del taxista. Es que con el despiste que me cargo, algo se me tenía que olvidar.

En ocasiones anteriores me había acojonada al punto de dejar la gente plantada, esta era la primera vez que me aventuraba a tanto sin embargo, no sería la última y en las siguientes lograría ir más allá.

 

 

 

 

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