Dame Like Y Te Sigo…



Desde los comienzos de la Internet, ha habido diversas herramientas para que las personas se conozcan y compartan opiniones como chats, blogs, fotolog y foros de diversa índole, hasta la actualidad donde las llamadas redes sociales juegan un rol fundamental de la vida cotidiana de millones de personas en el mundo.


Con la llegada de la telefonía móvil, los servicios de Internet se trasladaron también a dichos dispositivos, y así la conectividad aumentó exponencialmente al igual que nuestra dependencia a ello. Sin embargo, aunque para algunos las redes son un medio para hacer negocios, conocer gente o estar en contacto con lugares distantes, para otros, estas aplicaciones son casi una adicción sin la cual no pueden vivir.


Hace unos años algunos términos como “like” o “hastag” eran desconocidos, ahora con el advenimiento de Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp y más recientemente Snapchat, la interacción entre las personas ha cambiado e incluso nuestro lenguaje cotidiano es diferente, tomando algunas palabras que han existido desde siempre, pero que ahora tienen otro significado como “compartir” o “descargar”.


No es de extrañar pues, que las nuevas generaciones consideren estas herramientas como una parte fundamental de su vida social, si hasta los niños de 3 años manejan el celular aun mejor que sus propios padres. Pero, ¿hasta donde llega realmente esta dependencia hacia dichas redes de contacto?


Una necesidad compulsiva de ver y exhibirse parece haberse apoderado de millones de personas que comparten sus vidas a través de Internet, un ejemplo de ello son los llamados “youtubers”, que suben videos a través de esa aplicación, revelando incluso detalles íntimos a su anónima audiencia. Pero aun mas curioso y preocupante a la vez, es el poder que las redes tienen sobre chicos menores de edad que basan sus relaciones sociales y definen en muchos casos su autoestima, por la cantidad de seguidores que poseen.


Esta competitividad por tener más y más seguidores los lleva en muchos casos a exponerse demasiado, con tal de llamar la atención de los cibernautas, los que en ocasiones pueden no ser quienes dicen ser y a través de perfiles falsos, buscan tener contacto cercano con estos menores que ingenuamente confían en lo que dice la otra persona.



Las conversaciones cara a cara entre la gente, parecen haber sido reemplazadas por mensajes de audio o video, gif animados y toda clase de emoticones destinados a minimizar el lenguaje y eliminar la interacción física, siendo bastante común hoy en día, ver a dos o más personas hablando por whatsapp, aunque se encuentren en la misma habitación.


Las salidas a caminar, ir al cine o tomar un café han dado lugar a las aplicaciones o sitios de contacto como Grindr o Tinder que hipersexualizan la interacción social, y reducen el placer de la conquista a un mero toqueteo virtual, cuya finalidad solo parecer ser el placer inmediato y sin compromisos.


¿En realidad estamos tan necesitados de la aprobación de los demás para sentirnos bien, que aceptamos cualquier cosa que nos pongan delante, aun a costa de perder nuestra dignidad e incluso nuestra privacidad?... desafortunadamente parece que es así, lo que nos deja en una enorme disyuntiva.


Asumimos las condiciones de ser parte de un mundo globalizado e interconectado con sus pros y sus contras, o bien, marcamos nuestros propios limites y decidimos hasta donde queremos llegar en nuestra búsqueda por la aceptación social… pero siempre considerando el riesgo que existe, de perder nuestra propia humanidad en el camino.



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